CAPITULO 9

 Las finas lluvias de abril golpeaban el ventanal con una insistencia casi hipnótica.

Desde la mecedora observaba el mar embravecido romper contra el paseo marítimo mientras el apartamento permanecía sumido en un silencio incómodo, como si aquellas paredes también supieran que yo había llegado allí huyendo de mí misma.

Los primeros días transcurrieron lentos, suspendidos en una especie de exilio voluntario. Apenas salía.
Me limitaba a escuchar el murmullo del océano y a recorrer con la mirada cada rincón de aquel refugio que mi hermano me había cedido sin hacer preguntas, quizá porque ya conocía las respuestas.
A veces la familia no necesita explicaciones; basta con mirar a alguien a los ojos para comprender cuánto dolor arrastra por dentro.
Todo en aquel lugar olía a recuerdos.
Las paredes blancas decoradas con redes de pescador, pequeñas estrellas de mar y viejos faros de madera me devolvían a nuestra infancia, a aquellas vacaciones eternas donde el tiempo parecía detenerse entre barcas y arena húmeda.
Incluso los muebles de mimbre, sencillos y marineros, parecían formar parte de una vida que alguna vez imaginé para mí y que ahora se derrumbaba lentamente entre papeles de separación y noches sin sueño.
La ubicación del apartamento era perfecta.
Frente al paseo marítimo, muy cerca de la vieja cofradía de pescadores donde todavía podían verse las rederas cosiendo pacientemente las redes mientras aguardaban el regreso de los hombres que se adentraban mar adentro antes del amanecer.
Siempre me había fascinado aquella forma de vivir tan ligada al mar, tan dependiente de su humor cambiante.
Quizás porque el océano se parecía demasiado a mí en aquellos días: impredecible, agitado y profundamente triste.

Mi hermano había luchado mucho para conseguir todo aquello. Tres hijos pequeños, una esposa maravillosa y jornadas interminables en aquella fábrica textil donde trabajaba desde adolescente. Sin embargo, había aprendido de nuestro padre el valor del esfuerzo y del sacrificio.
Poco a poco construyó una vida estable, una casa preciosa y aquel apartamento junto al mar que ahora me ofrecía sin pedir nada a cambio.
Y yo… ni siquiera sabía cómo salvarme a mí misma.
A veces me sorprendía pensando en mi ex-marido.
En nuestras primeras noches juntos.
En la manera en que me abrazaba mientras escuchábamos aquellas baladas ochenteras dentro de su viejo coche.
Me preguntaba en qué momento dejamos de mirarnos igual.
Cuándo empezó exactamente aquel vacío silencioso que terminó empujándome hacia conversaciones prohibidas y deseos que jamás debieron cruzar la frontera de una pantalla.
La culpa era un animal paciente, dormía conmigo, respiraba sobre mi cuello cada vez que intentaba convencerme de que aún merecía algo bueno.
Aquella tarde, mientras rebuscaba entre los armarios intentando distraer mi mente, encontré una vieja mini-cadena con doble pletina cubierta por una fina capa de polvo.
Sonreí con nostalgia al reconocerla, mi hermano la conservaba desde adolescente y, para mi sorpresa, todavía funcionaba. Abrí lentamente una de las cajas que había traído conmigo y encontré la cinta de cassette que tanto había buscado antes de abandonar nuestro hogar.
Las baladas de siempre.
Aquellas canciones con las que habíamos hecho el amor por primera vez.
Me quedé inmóvil unos segundos acariciando el plástico desgastado como si aquel objeto tuviera el poder de devolverme una vida que ya no existía.
Finalmente introduje la cinta y el sonido imperfecto de la música comenzó a inundar el apartamento.
La melodía sonaba antigua, distorsionada por el paso del tiempo.
Como yo.
Me acomodé nuevamente en la mecedora mientras observaba las gotas de lluvia resbalar lentamente sobre el cristal.
Entonces, casi por impulso, saqué uno de aquellos canutos que guardaba para emergencias emocionales.
No solía fumar, apenas lo hacía en momentos extremos, pero aquella noche necesitaba silenciar mi cabeza aunque solo fuera unas horas.
Encendí la marihuana.
Aspiré profundamente.
Y poco a poco sentí cómo la ansiedad comenzaba a aflojar sus garras alrededor de mi pecho.
La música seguía sonando.
El mar rugía en la distancia.
La lluvia golpeaba suavemente el ventanal.
Y mis pensamientos comenzaron a difuminarse lentamente, mezclándose con el humo, con las canciones y con aquella nostalgia infinita que me consumía desde hacía meses.
No sé exactamente en qué momento me quedé dormida.
Solo recuerdo el calor.
El sol acariciando mi piel.
La sensación de libertad.
Caminaba descalza por el paseo marítimo mientras la primavera estallaba alrededor de mí.
El cielo lucía despejado, el aire olía a sal y las gaviotas sobrevolaban la costa lanzando sus gritos sobre las olas tranquilas.
Mi cuerpo ya no pesaba... mi mente tampoco.
Avancé hasta aquella cala escondida que tanto recordaba de mi infancia, la denominada cueva del mar.
Aquel pequeño paraíso oculto entre rocas y pinares donde el agua adquiría una transparencia irreal, casi mágica.
El acceso seguía siendo complicado, atravesando piedras erosionadas por el tiempo y senderos estrechos donde el mar rugía varios metros más abajo.
Pero al llegar… todo merecía la pena.
Y allí seguía.
Intacta.
Salvaje.
Hermosa.
Alcé la vista hacia la gran mansión construida sobre el acantilado.
Continuaba dominando el paisaje como una reina silenciosa frente al océano.
Sus ventanales reflejaban la luz del sol y las escaleras de piedra descendían peligrosamente hasta la pequeña bahía.
Entonces los vi.
Una pareja joven apareció descendiendo lentamente hacia el agua entre risas despreocupadas. Sus pieles doradas brillaban bajo el sol y sus movimientos desprendían una sensualidad casi hipnótica. Había algo en ellos que parecía irreal, como si no pertenecieran del todo a este mundo.
Se desnudaron sin pudor.
Sin miedo.
Como si el mar les perteneciera.
Y antes de desaparecer entre las aguas cristalinas, ambos giraron el rostro hacia mí dedicándome una sonrisa cómplice.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
Sentí calor.
Un calor extraño que no nacía del sol y me invitaba a llegar hasta ellos...
Entré lentamente en el agua.
Estaba templada...quizás demasiado perfecta.
Avancé hasta que el mar cubrió mi cuerpo y, sin saber muy bien por qué, dejé caer también mi bikini al fondo de aquella laguna escondida.
Durante unos segundos permanecimos observándonos en silencio.
El hombre se acercó primero.
Sus ojos grises se clavaron en los míos con una intensidad que me dejó sin respiración.
Rodeó suavemente mi cintura y sentí cómo mi cuerpo respondía al instante, como si llevara demasiado tiempo esperando ser tocado de aquella manera.
Nuestros labios se rozaron lentamente al principio, apenas un roce húmedo y cálido, pero el deseo acumulado terminó desbordándose entre aquellas aguas tranquilas.
Sus besos sabían a sal.
A libertad.
A peligro.
Mis manos recorrieron su espalda mojada mientras el mar balanceaba nuestros cuerpos al ritmo de las olas.
Entonces sentí otros brazos rodeándome desde atrás.
Ella se pegó a mi espalda con una delicadeza estremecedora, apartando mi cabello húmedo para besar lentamente mi cuello.
Todo mi cuerpo se estremeció.
Sus manos descendieron lentamente por mi piel mojada, acariciando mis caderas, mi vientre, mis pechos, despertando sensaciones completamente nuevas para mí.
No existía juicio, ni existía culpa, solo aquel instante suspendido lejos del mundo.
El agua nos envolvía.
El deseo también.
Nuestros cuerpos comenzaron a moverse acompasados entre caricias y respiraciones agitadas.
Las olas chocaban suavemente contra las rocas mientras nuestras bocas se buscaban con hambre contenida.
El mar parecía respirar con nosotros.
Y me dejé llevar,por primera vez en mucho tiempo dejé de pensar.
Solo sentía.
Las manos de ella recorriendo mi cuerpo.
Los labios de él perdiéndose sobre mi piel.
El agua deslizándose entre nosotros como una segunda caricia.
Todo era cálido.
Confuso.
Peligrosamente perfecto...divino , orgasmico
Y mientras el sol caía lentamente sobre aquella cala escondida, terminé abrazándome a ambos cuerpos como si el océano entero hubiese decidido arrastrarme hacia una vida distinta.
Desperté sobresaltada.
Los primeros rayos de sol atravesaban el ventanal del apartamento mientras mi respiración aún seguía agitada.
La lluvia había desaparecido por completo y el sonido tranquilo del mar reemplazaba la tormenta de la noche anterior.
Me incorporé lentamente, todavía atrapada entre el sueño y la realidad. Mi piel seguía ardiendo.
Mi corazón también.
Me llevé una mano al rostro intentando recuperar la cordura mientras soltaba una pequeña risa nerviosa.
—Definitivamente tengo que dejar la marihuana… —murmuré para mí misma.
Sin embargo, mientras me dirigía a la ducha, una extraña necesidad comenzaba a crecer dentro de mí.
Necesitaba volver a aquella cala.
Necesitaba comprobar con mis propios ojos que todo había sido únicamente producto de mi imaginación.
Continuara...

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