CAPITULO 10

 Me sentaba de nuevo en aquella mecedora mientras los días pasaban demasiado deprisa, como si el tiempo quisiera empujarme hacia una vida que todavía no estaba preparada para afrontar.

Pronto tendría que regresar a mi rutina habitual, buscar un nuevo hogar, enfrentar abogados, firmas, papeles inmobiliarios y todos esos trámites fríos que terminan sepultando lo que un día fue amor.

Desde el enorme ventanal observaba el paseo marítimo. La gente caminaba tranquila, el mar permanecía calmado y el sol comenzaba a desvanecerse lentamente para dejar paso a una luna inmensa.

Aquella noche anunciaban la primera luna llena de primavera; una luna rosada que parecía iluminar únicamente a los enamorados.
Yo ya no pertenecía a ese grupo.
Mis sentimientos hacia mi matrimonio se habían roto en mil pedazos.
Y de nada servía intentar reparar algo que ya estaba destruido. Era como un jarrón que cae al suelo y se hace añicos: puedes pegar cada fragmento con paciencia, volver a darle forma… pero jamás volverá a ser el mismo. Las grietas siempre estarán ahí, recordándote el golpe.
Y lo ocurrido en Madrid… solo había sido la guinda de un desastre que llevaba demasiado tiempo creciendo dentro de mí. Suspiré cansada y agarré el móvil. Entré en mis redes sociales casi por costumbre. Siempre me había gustado escribir versos y relatos con cierto contenido erótico; era mi forma de escapar de la realidad, de sentirme libre aunque fuera detrás de una pantalla.
Publicaba principalmente en Facebook, aunque sabía perfectamente que aquel lugar jamás me daría alas suficientes para despegar.
Tal vez soñaba demasiado alto para alguien que nunca había estudiado literatura.
Mis historias nacían únicamente de mi imaginación.
Y aun así, seguía sintiéndome pequeña cuando leía a otras personas.
Había escritores cuya pluma parecía acariciar el papel como si Dios les dictara las palabras directamente al oído.
En cambio yo… yo apenas lograba construir un pequeño barco a la deriva con la tinta temblorosa de mis pensamientos.
Quizá por eso escribía tanto.
Porque cuando escribía dejaba de pensar.
Entré en la privacidad de mi cuenta y, casi sin querer, terminé observando aquella interminable lista de bloqueados.
Entonces recordé a Sergio.

Mi llegada a Instagram no había pasado desapercibida.
Cada mañana subía alguna fotografía, algún texto o pequeños fragmentos de mis relatos, y poco a poco comenzaron a aparecer seguidores.
Muchos eran obscenos.
Algunos confundían el término “escritora erótica” con una invitación abierta a cualquier fantasía vulgar.
Mi perfil dejaba algo muy claro: CASADA.
No quería tonterías.
Pero Sergio apareció de una forma distinta.
Era misterioso.
Apenas mostraba partes de su rostro en las fotografías: un torso, una sonrisa torcida, unos labios insinuantes… jamás sus ojos y aquello despertaba curiosidad..demasiada...
Comenzamos hablando como simples conocidos.
Luego llegaron las conversaciones interminables.
Y después… las insinuaciones.
Un día terminé cansándome de tantos halagos y decidí ponerle freno.
—Sergio, creo que estás confundiendo las cosas. Estoy casada.
Él tardó unos segundos en responder.
—Lo sé… y siento si te incomodo. Pero tampoco voy a mentirte, Valeria. Me pareces una mujer preciosa. Inalcanzable quizá… pero seguiré intentándolo.
Recuerdo haber sonreído al leer aquello, aunque fingí molestia.
Nuestras conversaciones comenzaron a volverse cada vez más profundas.
A veces hablábamos de literatura, otras de música, de frustraciones, de deseos ocultos… y sin darme cuenta empecé a escribir sin descanso.
Sergio despertaba algo dentro de mí.
Gracias a aquellas charlas terminé creando una de mis mejores novelas, aunque ni siquiera sabía exactamente de qué trataba realmente.
Quizá hablaba de mí.
Quizá siempre lo hizo.
Pasaron los meses.
Él aparecía y desaparecía constantemente.
Más adelante entendí que estaba atravesando un divorcio complicado, pero en aquel momento solo veía su ausencia como una forma de abandono.
Yo necesitaba atención y él parecía incapaz de permanecer demasiado tiempo. Hasta que un día lo bloqueé.
Sin explicaciones.
Sin despedidas.
Solo por despecho.
Lloré como una auténtica desequilibrada después de hacerlo, incapaz de comprender por qué alguien a quien ni siquiera había tocado podía provocar semejante caos en mi cabeza. Dos meses más tarde terminé desbloqueándolo.
Y él, que parecía vigilar mis movimientos desde la distancia, reapareció apenas encontró la puerta abierta.
Me envió otra solicitud.
La acepté.
Porque sospechosamente… le había echado de menos.
Y eso me aterraba.
En mi hogar seguía teniendo una pareja que me quería, una vida aparentemente estable, pero Sergio me ofrecía algo diferente.
Inspiración.
Deseo.
Una sensación constante de adrenalina que me empujaba a escribir y a sentirme viva. Me explicó todo lo que había sucedido durante su desaparición.
—No quería perderte, Valeria. Por eso he vuelto. Yo insistía constantemente en mantener las distancias.
—No va a pasar nada entre nosotros. Estoy casada y solo quiero amistad.
Pero aquello dejó de parecer amistad hacía mucho tiempo.
Empezamos a hablar de temas más oscuros.
Más íntimos.
Comenzó a gustarme cómo me excitaba a través de la pantalla.
Las fotografías sugerentes.
Las palabras cargadas de intención.
Las conversaciones nocturnas donde parecía que ambos caminábamos hacia un lugar peligroso del que ninguno quería regresar.
Él no tenía nada que perder.
Yo sí.
Y aun así seguí adelante. Incluso llegué a pensar que aquello podía ser amor.
Quedamos para vernos justo en octubre, cuando se cumplía un año desde nuestra primera conversación virtual.
Al principio deseaba aquel encuentro, aunque Sergio dejó algo muy claro.
—No voy a hacerte daño, Valeria. Pero tampoco pienso irme sin besarte.
Aquellas palabras bastaron para hacerme retroceder.
Inventé mil excusas absurdas.
Trabajo.
Horarios.
Problemas familiares.
La realidad era otra.
Lo quería demasiado lejos para poder seguir fantaseando con él. Y finalmente desapareció.
No me bloqueó, pero fue incluso peor. Dejó de mirar mis fotografías, dejó de reaccionar a mis publicaciones, dejó de existir lentamente dentro de mis redes sociales. Entonces fui yo quien volvió a bloquearlo. Esta vez para siempre.
A veces todavía observo su nombre en aquella lista y recuerdo nuestras conversaciones, nuestras fantasías absurdas, todas aquellas perversiones compartidas que jamás llegaron a salir de la pantalla.
Pero Sergio no fue el único.
Porque entre aquella historia apareció otra mucho más antigua.
Adrián.
Un chico prácticamente de mi misma edad.
Tal vez uno o dos años mayor.
Nacimos en el mismo barrio, vivíamos en el mismo bloque durante parte de nuestra infancia y, aun así, apenas nos conocíamos.
Cuando yo tenía cinco años mi familia se trasladó a otro edificio y él quedó reducido a un recuerdo borroso acompañado por los gritos de su madre llamándolo desde el balcón porque era un niño imposible de controlar.
En 2009 apareció en Facebook enviándome una solicitud de amistad.
Al ver su nombre y su fotografía algo se removió dentro de mí. Su rostro apenas había cambiado.
Acepté.
Comenzamos hablando sobre nuestra infancia, nuestros recuerdos del barrio, las calles donde crecimos… hasta que un día intentó invitarme a tomar un café. Yo acababa de casarme. Y aquella invitación escondía demasiadas cosas.
—Creo que no sería apropiado —le respondí entonces.
Él se disculpó enseguida.
Desde aquel momento nuestra relación se volvió intermitente.
Nos felicitábamos cumpleaños, hablábamos ocasionalmente sobre música y, sobre todo, sobre nuestro grupo favorito: Depeche Mode.
Cada vez que salía una canción nueva, Adrián aparecía para enviarme enlaces, noticias o entrevistas antes que nadie.
Después volvía a desaparecer.
Y así pasaron años.
Hasta que un día se marchó a Colombia.
Recuerdo observar sus fotografías llenas de felicidad junto a una mujer preciosa.
Parecía enamorado.
Sus ojos brillaban de una forma distinta y yo me alegré sinceramente por él.
El tiempo volvió a alejarnos, hasta que llegaron las navidades de 2022
Andy Fletcher, componente de nuestra mítica banda había fallecido meses antes y Depeche Mode preparaba un nuevo álbum como homenaje a su compañero.
Aquello removió algo entre nosotros.
Entonces llegó su primer mensaje después de casi diez años sin apenas hablar.
Desde ese instante Adrián empezó a convertirse en una presencia constante.
Comentaba mis fotografías.
Me felicitaba las fiestas.
Dejaba corazones en cada publicación.
Y poco a poco volvió a quedarse.
En enero la emoción creció todavía más cuando anunciaron oficialmente el lanzamiento de Memento Mori.
Ambos estábamos obsesionados siguiendo cada noticia sobre el álbum, como dos adolescentes atrapados otra vez en la misma pasión musical. Hasta que llegó el nueve de febrero.
El estreno de Ghosts Again.
Pronto abría de nuevo su canal de nuevas noticias y esta vez muy sobrecogedoras...
— Hola Valeria...¿sabes que van a emitir el primer videoclip en YouTube a las seis? —me escribió —. ¿Lo vemos juntos? A mi me haría mucha ilusión
Sonreí.... era una situación extraña pero necesaria ..los dos viendo el mismo video como si estuviéramos juntos pero separados por el cruel destino
—Claro que sí...me encantaría y después podemos debatir si nos ha gustado o no.
- Me parece perfecto- finalizó quizás con la misma sonrisa que yo traía puesta..
Aquel día, a la hora indicada me senté frente al ordenador nerviosa, esperando escuchar la nueva canción… aunque en realidad sabía perfectamente que no era solo eso lo que esperaba.
Era él.
Cuando terminó el videoclip, su mensaje apareció inmediatamente en la parte inferior de la pantalla.
Y comenzamos a hablar.
Sobre la canción.
Sobre nosotros.
Sobre los años perdidos. Recordamos nuestra primera conversación, aquella invitación rechazada quince años atrás, y entonces Adrián terminó confesando algo que jamás imaginé escuchar.
—Valeria ..ya me gustabas entonces, pero estabas casada y preferí apartarme.
Me quedé inmóvil frente a la pantalla.
Pasaron varios segundos sin que ninguno escribiera nada.
Hasta que apareció otro mensaje.
—Y ahora todavía me gustas más. Cada fotografía tuya me vuelve completamente idiota. Sentí el corazón acelerarse.
Llevábamos dos meses hablando sin descanso.
Él nunca había actuado así.
Antes desaparecía constantemente… pero esta vez permanecía conmigo.
Y necesitaba saber por qué.
—¿Por qué ahora, Adrián? Después de tantos años… ¿qué está pasando? ¿Es una broma? Yo sigo igual, con la misma condición...estoy casada y lo sabes..
Su respuesta tardó unos segundos.
— lo sé, Valeria, pero no puedo decirte que es lo que me esta pasando. Llevo meses observando tus fotos y cada día me pareces más hermosa. Me gustas muchísimo… y por más que intento evitarlo, no puedo...y yo también estoy casado..
Le creí como una imbécil.
Porque aquellas palabras llegaron justo cuando más rota me encontraba. Siempre me sentí insegura con mi cuerpo.
Toda la vida soportando burlas, comentarios, complejos absurdos… así que escuchar algo así de alguien como Adrián parecía casi imposible.
—No puedo creerte… solo me ves fotografías, pero no sabes cómo soy realmente.
—Claro que lo sé. Te conozco desde siempre. Y me encantas.
Leí aquello temblando. Entonces añadió:
— Sabes...El otro día te vi en el hipermercado. Abrí los ojos sorprendida.
—¿Qué?
— Si Valeria, te vi pero no me atreví a acercarme. Me dio vergüenza después de todas las cosas que te estoy diciendo últimamente… pero estuve a punto de hacerlo.
Sentí un vuelco en el estómago, mas que nada porque pensaba que seguía en Colombia
—Espera… ¿no estabas en Colombia?
—No. Solo viví allí dos años. Ahora estoy a cinco kilómetros de ti.
Aquello me dejó completamente helada.
Más cerca imposible.
Nos despedimos aquella noche como siempre.
Él seguía casado con aquella mujer .
Yo seguía atrapada en mi propio matrimonio.
Y aun así… Algo estaba comenzando.
Aunque entonces todavía no quisiera admitirlo
continuara

Comentarios

Entradas populares de este blog

VALERIA (PROLOGO)

CAPITULO 4

CAPITULO 6